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Lola Gómez: una buena estrategia contra el cáncer

Lola Gómez: una buena estrategia contra el cáncer

Escrito por en Ago 9, 2018 para Blog, Nutrición, salud, testimonios

Lola Gómez no solo es una mujer bellísima. Aunque, al verla por primera vez, eso es lo que te llama la atención. Parece recién salida de una saga escandinava: rubicunda, escultural, te mira desde lo alto de su metro casi ochenta de estatura con la expresión algo fría, algo enigmática, de quien ha rozado otras dimensiones de la existencia. Después de ese milisegundo, te da calurosamente la bienvenida a su casa con su acento getafeño y entonces ya parece que sí, que también es de este mundo.

Lola pasó hace seis años por el calvario que atraviesan todas las personas que han sufrido un cáncer. En su caso, un carcinoma mamario ductal infiltrante con metástasis en ganglios. Su historia nos la contó a Lourdes, de Biolíbere, y a mí a finales del año pasado. Lo que me impresionó de esa historia, y os quiero contar aquí, no fue tanto la renuncia a la quimioterapia o el conocimiento exhaustivo que Lola ha adquirido de la alimentación y otras estrategias contra el cáncer, sino la capacidad de discernimiento y de decisión que logró mantener a lo largo de todo el proceso.

Todos sabemos lo que es el cáncer. La enfermedad es tan agresiva, los tratamientos, tan demoledores y las presiones sociales, tan fuertes que la persona que lo sufre termina por perder toda capacidad de control. Parece que las únicas opciones son someterse a lo que te digan o negarte por completo, con el riesgo que ello representa. Lola encontró la tercera vía y se sirvió de la enfermedad para transformar su vida. Ese cáncer le rompió muchos esquemas, pero ella le rompió al cáncer muchos más. Así nos lo contó:

«En aquel momento yo tenía 48 años y era terapeuta. Manejaba varias terapias naturales, reflexoterapia, quiromasaje, flores de Bach y otras técnicas. Hice muchísimos cursos. Llevaba unos nueve años trabajando con ello, primero en un centro de Yoga y luego en mi propia consulta, en Leganés. Yo estaba muy rebotada con la medicina tradicional, y para mí las terapias naturales eran la respuesta. Entonces apareció el cáncer. Y tuve que dejarlo todo.»

«Al comienzo, empecé a aplicarme todo lo que conocía: tomaba flores de Bach y MMS, hacía círculos de piedras y bioenergética taoísta. También sentí que tenía que empezar a meditar. Era algo que siempre había querido hacer, lo hacía de vez en cuando, a rachas. Pero en ese momento sentí que realmente lo necesitaba. También empecé un tratamiento de acupuntura.»

«Todo esto fue en los dos meses que pasaron entre el diagnóstico y el momento de la operación quirúrgica. Yo estaba convencida de que me curaría de esa manera antes de llegar al quirófano. Me hacía las pruebas que me pedían los médicos, pero siempre a regañadientes.»

«Y fíjate, pasó algo muy curioso: el bulto, que al principio era como una nuez grande, visible a simple vista, desapareció, lo tenía que buscar palpándome para notarlo. Yo quería que los médicos me volvieran a diagnosticar, pero ellos se negaron: el cáncer ya había sido detectado, estaba radiografiado y biopsiado, así que la única alternativa, para ellos, era la cirugía.»

«Era verano, muchos de mis amigos estaban fuera, así que me sentía bastante sola. Sin embargo, pude hablar con una amiga que había pasado por un cáncer de tiroides y me convenció de que aceptara la cirugía. Quítatelo, me dijo, quítate el bulto y luego ya verás lo que haces. Es una persona con una filosofía muy espiritual. Y aún así, me aconsejó que me operara.»

«La primera intervención fue a finales de agosto. Un mes después fui a ver al oncólogo y me dijo que todo había salido muy bien y que no quedaba ninguna metástasis. Entonces yo pensé que todas mis terapias habían funcionado.»

«Pero una enfermedad de esas no se acaba tan rápido. Yo estoy convencida de que te cae porque tienes algo que cambiar en tu vida. Tienes que pararte a revisar qué es lo que está pasando, qué estás haciendo. Tampoco logras saberlo enseguida, es un proceso. Ahora me doy cuenta de que fue un proceso y que tenía que ser largo.»

«Así que, una noche, me toqué el pecho y me di cuenta de que los ganglios afectados seguían ahí. En realidad, el cirujano se había equivocado, me había quitado siete ganglios sanos y los enfermos me los había dejado. Me vine abajo. Perdí por completo toda la fuerza que creía tener y, además, toda la confianza en los médicos. Entonces decidí que no me daría la quimio.»

“Obsesión”, de Lola Gómez

«La verdad es que hasta entonces no había pensado en la alimentación. Aquel verano habíamos ido a Pirineos y, cuando salíamos a caminar, me comía un bocadillo de chorizo con una coca-cola cada día. Estaba convencida de que me alimentaba muy bien. Mi amiga, sin embargo, me había dicho que la alimentación era esencial si quería evitar la quimio. Ella se había hecho vegetariana.»

«Entonces alguien me presentó a Josep Pàmies, y él me habló de la Dra. Odile Fernández, que había tenido un cáncer de ovarios con metástasis en los huesos y había salido adelante. La llamé y me dijo que hablara con la Dra. Natàlia Eres, una oncóloga que tiene una clínica en Barcelona en la que trata el cáncer con tratamientos alternativos, no forzosamente para evitar la quimio, sino para ayudar a contrarrestar sus efectos.»

«Fue Natàlia Eres quien me dijo que la alimentación era esencial, así que debía tomar cita con una nutricionista, Pilar Sala, que aplicaba la medicina integrativa (fitoterapia, nutrición y psicoterapia). Lo primero, me dijo, era limpiar el organismo, los riñones, los pulmones, el hígado, intentar que los tóxicos que entraran fueran muchos menos que los que salieran. Así que la dieta inicial era muy depurativa y antiinflamatoria: fuera hidratos de carbono y azúcares (incluso la fruta), nada de alimentos precocinados, ni de harinas blancas, ni de fritos. El consumo de carne no me lo prohibió, aunque recomendaba que, si la comía, fuera una vez a la semana y de excelente calidad. Lo mismo con el pescado. Solo pescado salvaje, y muy poco. Al menos dos o tres días a la semana debía comer solo vegetales. La nutricionista me aconsejó que tampoco tomase gluten, aunque no me lo prohibió.»

«Sin embargo, tanto la Dra. Odile como mi amiga se habían hecho vegetarianas. Además, como yo investigaba y leía mucho, conocía el Estudio de China, realizado por unos médicos estadounidenses que habían descubierto que el cáncer se activaba en ratones cuando se les daba proteína animal.»[1]

«Yo seguí todas las recomendaciones a rajatabla: durante un año y medio, no comí ni carne, ni pescado, ni gluten, ni por supuesto azúcares o hidratos. Combinaba el arroz integral o cualquier otro cereal sin gluten con setas y con todo tipo de verduras, y al día siguiente, legumbres. A lo mejor, una vez al mes, le echaba un poquito de caballa a la ensalada. La proteína la sacaba de las setas y las legumbres. Y también de los frutos secos, que comía en gran cantidad, todos los días, sin procesar.»

«Al cáncer le encanta el azúcar. Cuando tú elevas la glucemia en tu sangre, estás alimentando cualquier tipo de metástasis que pueda haber en tu cuerpo.»

«Tomaba también muchísimo caldo y todo tipo de coles (brócoli, coliflor, col china, lombarda, repollo). Otra cosa que me recomendó la nutricionista es que comiera muchos brotes. Y todo lo que pudiera, ecológico, por supuesto. Además, me decía el por qué de cada cosa. Me recomendó muchísimo perejil, por ejemplo, porque es un regulador hormonal (y mi cáncer era hormonodependiente) y además es depurativo. Las setas son antitumorales, como las coles, la remolacha y los betacarotenos. También me dijo que tenía que tomar muchísima clorofila, que era un quimioterapéutico natural, así que me hacía muchos zumos verdes.»

«Para mí era muy importante saber lo que cada alimento aportaba, y lo tenía todo apuntado. Porque la mente es esencial: saber que lo que estás haciendo, lo que estás comiendo, está limpiándote, es antitumoral, es equilibrante. Lo primero que noté es que la piel se me había puesto genial. El pelo dejó de ensuciarse. Podía pasar una semana sin lavármelo, porque no tenía grasa. Me subió también el nivel de energía. Luego vinieron las 23 sesiones estándar de radioterapia.»

«La acepté porque se me cayó todo el mundo encima. Hasta mi marido, que sin embargo había entendido muy bien que no quisiera quimio. Es muy difícil ir en contra. Además, la radioterapia era solo quemar tejidos, no era envenenar mi cuerpo. Como yo tenía metástasis en los ganglios linfáticos, la Dra. Natàlia Eres también me aconsejaba que la aceptara. Y Pilar Sala, la nutricionista, me dijo que me ayudaría a superarla bien con la alimentación.»

«Cuando empecé, ya estaba haciendo el régimen. La radioterapeuta se sorprendía de la energía que tenía. Pilar me decía que la dieta iba enfocada precisamente a que no estuviera tan cansada. Una vez terminadas las 23 sesiones, yo noté enseguida un subidón de energía, el estado de ánimo mucho mejor, y mucha más confianza. Lo de la nutrición me ha dado siempre muchísima confianza. Incluso hoy, cinco años después y con todos los marcadores bien, sigo teniendo cuidado con lo que como, aunque ya no hago una dieta tan estricta.»

«Así que conseguí curarme sin la quimio. Todo el mundo te presiona para que te la des, para que te operes, para todo. Es muy difícil resistirse. Pero la quimio es lo peor. Le hurtas al cuerpo la capacidad de defenderse. Yo no digo que en algunos casos no ayude. Pero si das con alguien que te dice que la ha evitado y ha sobrevivido, entonces, te atreves.»

«La verdad es que la dieta estricta es dura. Yo estaba todo el día pensando en comida. Sobre todo si tienes que cocinar para otras personas. Tu cuerpo está acostumbrado a tener una serie de cosas y las echas de menos. Yo echaba de menos el pan, por ejemplo, la fruta, muchísimo. Pero no me sentía mal. Perdí peso, pero solo los 5 o 6 kilos de más que tenía al principio.»

«Luego, ya digo, he seguido siendo vegetariana. Pasados tres años, empecé a consumir fruta, controlando el pico de glucemia con una infusión, por ejemplo, con un poco de estevia y de canela. O con un alimento con mucha fibra. También he seguido con la meditación, y hago reiki semanal. Es que eso es mi forma de vida, la verdad. Ahora ya me siento sana, y me voy relajando.»

«Tomé durante un tiempo el tamoxifeno, un inhibidor de hormonas para no producir estrógenos. Te lo mandan 10 años. Pero yo a los dos años dejé de tomarlo porque me tenía los huesos destrozados. Y tampoco ha pasado nada. Al principio, el oncólogo me presionaba diciéndome que me estaba arriesgando. Sin embargo, la última vez que me vio me preguntó si seguía con mi reiki y con mi alimentación. Le respondí que sí, y entonces me dijo ‘pues sigue con lo que estés haciendo, porque te sienta bien’. Y me dio el análisis con todos los marcadores estupendos. A este médico, yo le cuento todo porque, aunque no le guste, lo respeta. Pero otros, menudo cabreo se pillaban. Me decían que me iba a morir. Y cuando yo les decía que el bulto se había reducido, no lo creían, a pesar de que era palpable.»

«El proceso a nivel emocional es muy fuerte y muy duro. Cuando vas al médico y dices que no quieres quimio, y ves que te miran como si estuvieras loca y te presionan de esa manera, necesitas algo donde agarrarte, que para mí ha sido fundamentalmente la meditación. Meditar también me ayudaba con mi propia presión interior, porque los miedos los tienes tú en tu interior. Durante muchos meses, yo tenía ataques de pánico por las noches y me despertaba con ansiedad. Se te pasa un pensamiento por la cabeza, como una centella –por ejemplo, mañana son los análisis– o un recuerdo difícil, o te baja una molestia, y se te desata el pánico. Ahí la meditación te ayuda.»

«También cuando tienes que ir a ese pasillo de las mamografías, con tanta gente que lo está pasando fatal, que acaba de operarse, o está a punto de operarse o de hacerse una biopsia. Y a lo mejor te citan a las 9 de la mañana y sales a las 2 de la tarde. La meditación me ha ayudado a vivir esas experiencias. Te da templanza, estabilidad, aceptación de que las cosas serán como tengan que ser.»

«Algo que he aprendido con todo este proceso es… yo me preguntaba por qué me había pasado, pues pienso que todo sucede por algo. Por qué en ese momento, cuando ya tenía mi local de terapeuta natural, con lo bonito que me había quedado. Y además, me operan y me dejan mal, me quitan los ganglios sanos y me dejan los enfermos. La enfermedad no te deja seguir haciendo lo que estabas haciendo. Porque lo que estás haciendo en ese momento, aunque tú no lo veas de inmediato, está mal, te hace daño. Yo estaba mal y no lo veía.»

«No puedes trabajar con terapias naturales e invocar lo más divino si tú no estás bien. Querer hacer pasar algo por un sitio por el que no puede pasar te daña a ti mismo. Yo estaba mal y no me daba ni cuenta. Estaba rabiosa de todo lo que había ido acumulando a lo largo de la vida. Yo digo siempre que la buena gente acumula mucha rabia, porque tú te dejas siempre para después, porque haces lo que los demás esperan.»

«Muchas personas que conozco que han pasado un cáncer son así, muy buenas, bellísimas personas, pero con mucha rabia, muy mosqueadas con el mundo. Si, además, tienes un trabajo que consiste en darte, pues das, y das, y tú qué. No paras para ocuparte de ti misma. Los problemas que tienes en casa, no los resuelves y se quedan ahí. O el resentimiento que tienes contra tu padre, por ejemplo, o las cosas que vas arrastrando desde que eras pequeña, todos esos dolores que todos tenemos y que tratamos de evitar, todos esos dolores eran mi cáncer.»

«Al principio, yo pretendía pasar por encima. Pero si hay algo que he aprendido es que esto es un proceso, y puede ser muy largo. A mí me detectaron el cáncer en junio y yo le decía a la gente que en septiembre estaría otra vez trabajando. Hacía como si la cosa no fuera conmigo. El cáncer no me iba a tocar. Yo era mejor que el resto del mundo. Tenía los mejores amigos terapeutas que me iban a hacer esto y lo otro, iba a salir adelante diciendo, mira. y la vida me enseñó que no podía. Me dijo: métete en esto, experiméntalo, aprende lo que tengas que aprender de ello y entonces, a lo mejor sales.»

«Si tuviera que elegir, yo diría que los tres elementos que más me han ayudado en el proceso han sido la meditación, la alimentación y la acupuntura. Y también el hecho de mirarte a ti mismo y asumir que lo que te está ocurriendo eres tú, tiene que ver contigo, no es nada que te haya caído del cielo, ni mal karma, ni nada que te haya venido de fuera.»

«La alimentación es esencial, porque los tóxicos en tu cuerpo te invaden la mente también. El cuerpo es como un instrumento. Cuanto más afinado esté, mejor sonará. En ese sentido veo yo la alimentación. Creo que afina la herramienta.»

«La acupuntura también es esencial. Yo creo que la acupuntura tuvo mucho que ver con la reducción del tumor al comienzo de mi enfermedad. Las agujas tocaban puntos antitumorales, estimulaban mis defensas y me regulaban los niveles de energía.”

«La meditación te ayuda a controlar todas las mareas emocionales, todas las situaciones difíciles, y también a asumir que la enfermedad es algo tuyo. Yo lo englobo en la meditación porque de alguna forma te lleva a ello. Lo fundamental es asumir que la enfermedad eres tú y luego, si te dejas llevar por ese proceso, las soluciones te van a ir llegando. Por ejemplo, a mí me presentaron a Pamiès en el momento oportuno, y Pamiès me habló de la Doctora Odile, Y Odile de Natàlia Eres. Y luego viene alguien y abre una tienda de productos ecológicos al lado de casa, y encima esa persona se va a hacer amiga mía. Cuando dejas de resistirte, vienen los regalos. Porque al principio te cierras en banda, dices, no quiero vivir esto, no quiero estar enferma. Es muy difícil. Luego todo cobra sentido y entonces puedes ayudar a otros.»

Lola y Lourdes, diciembre de 2017

«Yo soy muy espiritual, pero también muy terrena. Yo creo que todo esto ha sido un proceso guiado, veo la sincronicidad, cómo me presentan a Pamiès, y Pamiès conoce a Odile, etc… Pero también necesito el Estudio de China y saber por qué estoy comiendo esto y lo otro. Mi espiritualidad es algo que evoluciona. Hay gente que necesita a un gurú, a alguien que tiene ‘el secreto’. Yo no digo que no pida consejo, pero yo necesito que la experiencia sea mía. No sigo a nadie. Busco en mí misma y en las personas. Porque sé que el resto del mundo soy yo también.»

«Ahora estoy en un momento en que he renunciado a trabajar. Estoy como a disposición. Esa inteligencia que nos rodea, quiero que guíe mi vida, y me pongo en contacto con ella mediante la meditación. No es nada ajeno a mí, siento que soy yo misma.»

«Lo que querría decir a otras personas que sufren esta enfermedad es que nunca pierdan la esperanza. Tienes el problema, pero de verdad, según mi experiencia, cuando consigues aquietarte un poquito, si te abres al proceso, las soluciones te llegan.»


[1] El estudio lo habían hecho con población china rural y urbana. Así habían detectado que en la población rural, que no comía apenas proteína animal, la tasa de cáncer era muy pequeña, mientras que en las grandes ciudades era mucho más alta. El estudio es enorme y también arrojó datos sobre las enfermedades cardiacas: prácticamente todas se podían revertir a través de la dieta.

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