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Viaje al futuro: La Almunia del Valle

Viaje al futuro: La Almunia del Valle

Escrito por en Nov 11, 2018 para Actividades, Blog, Ecología, Ocio, testimonios

Hay algo de utopía en La Almunia del Valle. Una utopía que es más bien una experiencia en curso. Quizás –sí– a cierta distancia del mundanal ruido, pero bien anclada en la tierra, en la luz y la umbría de un rincón de la provincia de Granada.

Estoy hablando de un magnífico boutique hotel situado en los contrafuertes de Sierra Nevada, frente al panorama sereno de una de sus laderas, en el municipio de Monachil.

José Manuel Plana y Patricia Merino, sus anfitriones y propietarios, encontraron el emplazamiento en un golpe de suerte: un cortijo del que se enamoraron y que posteriormente reformaron siguiendo estrictamente las reglas de la arquitectura tradicional, hasta convertirlo en una pequeña joya del turismo glocal [1].

Turismo ecológico y responsable

Si se quiere, ninguno de los elementos del concepto de hostelería que Patricia y Manuel están creando es nuevo, pero la síntesis que conforman todos ellos es sin duda innovadora: la calidad de servicio de un hotel de lujo, el sentido de acogida de un bed&breakfast de los de antes, la experiencia estética y sensorial de un hotel con encanto, y una gestión social y medioambiental responsable y eficiente desde el punto de vista empresarial.

En efecto, La Almunia del Valle se ha integrado perfectamente en su entorno, realzándolo y dinamizándolo, gracias a la contratación de personal local, a las relaciones que ha establecido con otros actores turísticos, sociales y culturales de la región y a su filosofía ecológica: construcción tradicional, gestión del agua, huerto propio, gastronomía basada en productos, algunos de ellos, elaborados en el cortijo mismo…

La Almunia del Valle, desde el cielo

De Patricia, ya sabía yo que tenía más de una cuerda en su arco. De la época escolar en la que nos conocimos guardo dos imágenes que parecían, en aquel entonces, difíciles de conciliar. Una es la de una adolescente dulcísima que leía a Unamuno. La otra, la de una jugadora de baloncesto capaz de comerse la cancha para meter canasta (y la canasta entraba). La síntesis de esas dos facetas (y de otras, la inteligencia, la generosidad) la descubrí muchos años después, en 2012, cuando la reencontré convertida en la empresaria de éxito y de ética intachable que es ahora.

De Manuel supe, la primera vez que fui a La Almunia, que durante la época de la Transición había desempeñado un importante papel para el desarrollo territorial gracias a su antigua empresa de investigaciones de mercado. Las bases de datos que iba elaborando sirvieron tanto para preparar el nuevo orden democrático, allá por los años setenta, como para llevar a cabo la reestructuración y reconversión económicas que se requerían para la entrada de España en la Comunidad Europea, durante los ochenta.

Ambos se conocieron cuando Manuel contrató a Patricia para que sentara en torno a una mesa de negociaciones a las grandes empresas de la industria automotriz, a fin de que compartieran los códigos necesarios para la elaboración de una base de datos de producto a escala nacional, que facilitó luego la gestión comercial y de mercadotecnia de todo el sector en España.

Patricia y Manuel han sido pues jefe y subalterna, primero; luego, socios. El tiempo y la colaboración los convirtió en amigos y, finalmente, el amor, en esa pareja bien avenida que decidió dejarlo todo para «construir algo con sus propias manos»: La Almunia del Valle.

Esta síntesis de innovación turística responsable que están logrando –y que les ha procurado una fiel clientela nacional e internacional– no se queda solo en concepto: se siente en el mandarino que te saluda, pasado el aparcamiento, cuando llegas al recinto; en la perfecta armonía de los volúmenes y espacios del hotel con la sierra circundante, en la exquisitez de la decoración; en la biblioteca maravillosa, a disposición del viajero, en el salón principal; en la forma en que se acerca Patricia a hablar con los huéspedes durante el desayuno; en la personalización y el encanto de cada habitación; en los consejos que te dan sobre la zona, para que te la patees bien y disfrutes de restaurantes y excursiones, y visites la Alhambra con la mejor luz del día. También, en la sonrisa y la serenidad del personal del hotel, en el modo en el que Patricia y Manuel se indignan por el estado de los senderos que se adentran en el Parque Natural, en el modo en que te reciben en los restaurantes y bares cercanos cuando vas en su compañía. En la cantidad de veces que te tienes que parar a saludar a los vecinos cuando paseas con Patricia por Monachil. En el conocimiento absoluto que tiene Manuel de los problemas de desarrollo de la región, y en la pasión con la que te lo cuentan todo.

Y luego está el huerto ecológico, las gallinas ponedoras, el aceite propio, las mermeladas caseras, los desayunos gastronómicos que Patricia y sus cocineras preparan con platos y opciones distintas cada día, incluyendo, por supuesto, necesidades especiales: sin gluten, vegetarianas, regionales, internacionales…

De las virtudes y la magia del hotel como tal ya han dado buena cuenta otros comentaristas más centrados en el turismo que yo, por ejemplo, El País. Mirad también este magnífico vídeo realizado por una huésped francesa reciente.

Lo que a mí me interesaba resaltar aquí es ese otro aspecto que hace que La Almunia del Valle, además de acercarnos al paraíso, nos acerque a la utopía: cuando te alojas allí, eres recibido como un amigo (no te sorprendas si Patricia se acerca a tu mesa durante el desayuno a darte los buenos días en ropa de deporte antes de irse a correr por los Cahorros); fomentas un empresariado socialmente responsable y contribuyes a la sostenibilidad y al bienestar de la región que visitas. Por todo eso digo que, cuando viajas a La Almunia, estás viajando al futuro.

Desde Biolíbere saludamos una iniciativa empresarial de tal envergadura ética y damos las gracias a nuestros anfitriones, Patricia y Manuel, por la experiencia maravillosa con la que nos deleitaron el pasado mes de febrero.


Créditos

Fotografías © La Almunia del Valle.

[1] El neologismo glocal–contracción de ‘global’ y ‘local’– hace referencia a un principio ecologista que promueve la acción de proximidad, en el ámbito local, pero con una perspectiva que tiene en cuenta la preservación del planeta, siguiendo el lema think globally, act locally.

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